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Ainhoa Corbera: Nuestro comportamiento y atención deben ser previsibles para generar un vínculo seguro con nuestros hijos

¿Cómo es el vínculo con tu hijo o hija? ¿Sabes cómo crear un vínculo seguro? Te lo contamos en esta entrevista. Las personas creamos vínculos con las otras personas, también, incluso, con los objetos. Prueba de hacer un ejercicio. Llena una caja de mandarinas. Coge una y analízala al detalle. Su relieve, su color, sus peculiaridades. Quédate con lo que la hace única. Es tu mandarina. Después, déjala de nuevo entre las otras mandarinas y, al cabo de un rato, prueba de encontrarla.

¿Cómo te sientes si logras identificarla? ¿Y si no encuentras tu mandarina? La respuesta a estas preguntas puede darte pistas sobre cómo estableces tus vínculos con objetos y personas.

Este ejercicio lo hicimos el otro día con un grupo de madres durante «La hora del té» que organizamos una vez al mes en Tot Terapia, de la mano de Ainhoa ​​Corbera y Alba Peña, psicólogas del centro. Ainhoa ​​es psicóloga clínica y psicoterapeuta con un Máster en Observación de Bebés en Londres. Alba es psicóloga clínica, también, y está especializada en Neuropsicología infanto-juvenil. Ambas ofrecen en este centro, acompañamiento a familias en la relación con sus hijos.

A continuación, nos hablan sobre «El vínculo y la ansiedad de separación».

 

1. ¿Qué es el vínculo? ¿Cómo ha evolucionado con el paso del tiempo?

El vínculo afectivo se describe como el proceso de conexión emocional entre los niños y sus cuidadores, que se desarrolla principalmente durante los tres primeros años de vida*.

 

2. ¿Qué tipo de vínculo podemos establecer con nuestro hijo o hija?

Hablamos de que existen 4 tipos de vínculo. Uno es el vínculo «seguro» y los otros 3 forman parte de un vínculo inseguro. Uno es el «ansioso – ambivalente», otro «el evitativo» y luego está el «desorganizado», siendo el vínculo inseguro ansioso – ambivalente el más común dentro de los inseguros.

El vínculo seguro no es más que la interiorización que hace el niño/a de una experiencia, suficientemente positiva, con sus padres. Es decir, cuando el amor y el cuidado que como padres sentimos o expresamos, son recibidos por nuestro hijo/a y éste la puede percibir de manera repetida, podremos decir que puede empezar a interiorizar el vínculo.

 

3. ¿Cómo potenciar un vínculo seguro? ¿Cómo podemos saber cuándo éste se ha establecido?

Con presencia y dando una respuesta consistente a las necesidades del niño/a. Nuestro comportamiento y atención deben ser previsibles para generar un vínculo seguro. Por ejemplo, si el niño/a llora, necesita saber que su padre y/o su madre irá siempre, actuando de la misma manera. Debemos permanecer disponibles para recibir sus necesidades básicas y emocionales, atendiéndolas y validándolas.

En cambio, detrás de un vínculo inseguro, nos encontramos con un padre o una madre que:

  • Dan respuesta, pero lo hacen con una intensidad o profundidad que no es adecuada a la edad madurativa del niño/a. Por ejemplo, cuando éste llora, a veces van y a veces no.
  • O bien, siempre están pegados a su hijo/a y no se separan para nada. También puede ser que se anticipen a todas las necesidades del niño/a, sin dar lugar a que éste las pueda comunicar.

 

4. ¿Es importante que las madres podamos separarnos a ratos, de nuestros hijos/as? ¿A qué edad y cómo influye esto en el vínculo?

Poder separarnos es una experiencia necesaria para que puedan diferenciarse de nosotros e interiorizar la relación que tenemos con ellos (vínculo) y consolidarla. La separación de manera gradual crea la oportunidad de aprender que, aunque no estemos físicamente presentes, siempre estamos, los amamos y los ayudaremos si nos necesitan.

El simple hecho de que cuando nuestro bebé nos hace una demanda (por ejemplo: llorar), podamos ir tranquilamente mientras decimos: «ya voy, ¿qué te ha pasado? a ver … «creará un espacio entre nosotros. Si siempre actuamos de la misma manera, nuestro hijo/a entenderá que siempre vamos, sintiéndose seguro/a aunque tardemos unos minutos.

En este momento, el niño/a ha interiorizado la relación o vínculo y, si nuestra respuesta no ha sido inmediata ni anticipada, pero sí consistente, presente y positiva, el vínculo que estará interiorizando será un vínculo seguro.

 

5. Háblanos de la ansiedad de separación. ¿Cuándo aparece? ¿Qué quiere decir que nuestro hijo/a llore, cuando lo dejamos en la guardería o escuela?

Antes de los 6 meses de edad, los niños/as todavía no están muy diferenciados de los padres y es posible que no lloren si nos separamos de ellos, siempre y cuando estén con alguien que les dé la atención que necesitan.

A partir de los 7 meses (algunos antes) y hasta los 18/24 meses es cuando pueden aparecer más reacciones de ansiedad cuando los separan del padre o la madre. En estos casos, hablamos de que el llanto es sano, natural y evolutivo. De hecho, que el niño/a llore es un signo de que está desarrollando un vínculo seguro. En cambio, si a un niño/a de 12 meses lo/la separas de sus padres para dejarlo/a con un desconocido y no llora, hablamos de que podría estar desarrollando un vínculo inseguro.

Finalmente, de los 2 a los 3 años se consolida el estilo de vínculo y es cuando podremos decir que, si un niño de 3 o 4 años ha desarrollado un vínculo seguro, podrá separarse de sus padres sin angustiarse. Cuando no es así y, por ejemplo, un niño de 6 años expresa ansiedad al separarse de los padres, debemos fijarnos en los posibles motivos por los que no ha podido consolidar un vínculo seguro.

 

6. ¿Qué debe hacer el cuidador cuando el niño/a llora porque su madre se marcha?

Es necesario que el cuidador entienda el estado evolutivo en el que se encuentra el niño/a para poder así acompañarlo y entenderlo, sin forzarlo a nada. El hecho de que el cuidador pueda entender un llanto y lo pueda contener, tan sólo con un abrazo y estando presente, sin ponerse nervioso, ni querer distraer rápidamente al niño/a, va ayudar a que el pequeño/a se calme más rápidamente. Es importante que podamos dar espacio a las emociones que se despiertan de forma natural, ya desde pequeños.

 

7. ¿Cómo debemos despedirnos cuando nos vamos, para que nuestro hijo/a sufra lo menos posible?

Sin sentir angustia, de manera segura y apropiada a su estadio madurativo. Explicándole que debemos irnos y que volveremos más tarde. Y hacerlo mirándolo/a a los ojos y, si es necesario, situándonos a su altura. Si llora, no decirle: «no llores»; al contrario: «entiendo que estás triste y que no quieres separarte, porque estamos bien juntos/as, pero estarás bien, y papá y mamá, también».

El tiempo que destinamos a despedirnos debe ser el justo y necesario. Aunque llore, debemos poder decir adiós, contentos y con una gran sonrisa, marchándonos…para que vea que todo está bien. La idea es que haya suficiente espacio como para que el niño/a lo pueda entender y procesar.

 

8. ¿Qué consejos darías a una madre que sufre angustia durante la separación?

Que sea consciente y quiera trabajarlo o, incluso, que pueda pedir ayuda profesional.

Ahora bien, tener ansiedad al separarnos de nuestro bebé, al principio, es absolutamente normal, porque es un proceso que requiere entrenamiento. Si a ti que nos lees, te pasa, te recomendamos que:

  • Lo verbalices abiertamente, sin miedos y sin culpabilizarte. ¡Negarlo te aleja de buscar soluciones!
  • Busques ayuda externa o bien, te apoyes en aquellas personas que sientas que tienen empatía contigo.
  • Te entrenes, poco a poco, en la separación con tu bebé. Puedes empezar por separarte unos minutos, luego una hora, 3 horas, toda una tarde, un día entero, una noche…
  • Llores todo lo que haga falta (si tienes ganas), para canalizar todo lo que estés sintiendo a lo largo de este proceso.

 

9. Guardería o primeros meses o años de vida en casa, con la madre. ¿Hay una elección ideal para asegurar que el vínculo será seguro?

No existe una elección ideal que asegure un vínculo seguro. Lo más importante es estar presentes física y emocionalmente, ser constantes en las respuestas que damos, y podernos separar puntualmente y/o habitualmente, de una forma gradual, para crear un espacio de diferenciación entre nuestros hijos/as y nosotros. También, por supuesto y sobre todo, atender sus necesidades.

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* La primera persona que definió el término de vínculo o apego, fue John Bowlby, en 1950 después de la Segunda Guerra Mundial. Bowly observó las experiencias traumáticas que algunos niños vivían en ser separados de sus padres y también, como reaccionaban los niños en los orfanatos o bien al ser hospitalizados durante largos períodos de tiempo. En los años 70, Mary Ainsworth quiso profundizar en el concepto de vínculo, mediante un experimento que llamó «the Strange Situation». En éste, diferenció 4 tipos diferentes de vínculo: seguro, inseguro ambivalente, inseguro evitativo e inseguro desorganizado.
La teoría del vínculo tuvo una muy buena acogida en la comunidad científica en su momento y, hoy, todavía es muy vigente y se actualiza constantemente, con nueva información desde las neurociencias.
A nivel social, ha influenciado en cómo se gestionan, hoy en día, las separaciones entre madres/padres e hijos. Por ejemplo, las transiciones en las guarderías o bien, las hospitalizaciones, donde actualmente se permite que uno de los dos padres, se quede a dormir con el niño. También ha influenciado incluso, en los partos respetuosos, dando lugar al primer contacto entre el bebé y la madre, piel con piel, como se hacía antes.
Asimismo, esta teoría se ha consolidado dentro de la neurociencia como explicación a los diferentes circuitos neurológicos que se pueden desarrollar en un bebé, dependiendo de las experiencias de vínculo que tenga.

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